Se comparte la lectura de la Revista de Literatura Contemporánea Cultura de VeracruZ No. 153. Colaboran: Jorge Torrealta / María Rosa Rzepka / Isaac Gasca Mata / Floriano Martins / Carlos Roberto Morán / César Bisso / Gino Raúl De Gasperín Gasperín / Omar Piña/ y Brianda Zareth Huitrón: agradecemos la reproducción de sus obras y texto, en nuestra portada y páginas:
Hay momentos en la vida en los que es necesario detenernos a hacer una reflexión, cuando el peso de los años se nos viene encima y se comienza a sentir una honda nostalgia por el pasado. La madurez, que siempre llega demasiado pronto, muchas veces tiende a ser rechazada por creerse que es un primer paso hacia la decrepitud; sin embargo, hay algunos pocos seres privilegiados que saben convertir la experiencia del tiempo en la cumbre de su existencia y no en su descenso. Eso es lo que pasa con Raúl Hernández Viveros y su libro de cuentos, Los días de otoño*, donde al igual que Borges en sus últimas producciones cuentísticas, como El informe de Brodie o El libro de arena, alcanza el punto máximo de su creación literaria; pues como diría el argentino, a propósito de su inspiración en los relatos breves y directos que Rudyard Kipling escribió en su primera juventud, "lo que ha concebido y ejecutado un muchacho genial puede ser imitado sin inmodestia por un hombre en los lindes de la vejez, que conoce el oficio". Aunque cronológicamente Raúl Hernández Viveros se encuentre aún muy lejos del momento vital en que Borges escribió esta sentencia, su carrera literaria ha logrado acceder ya a esa hora en que la experiencia de múltiples viajes, vivencias, oficios y recuerdos se entremezcla con una capacidad creativa de primer orden, que le permite llenar las páginas de su libro, con narraciones de tremenda fuerza emotiva escritas con la perfección que otorga el trabajo de más de veinte años dentro de los senderos de la literatura.
Los días de otoño reúnen diecisiete cuentos que tienen como fondo común la decadencia de los personajes. Ya sea que el narrador sea una voz impersonal ajena al relato, que mira las debilidades de los raquíticos seres que pueblan sus páginas desde la superioridad del que se encuentra por encima de esas situaciones deleznables, o que sea un narrador protagonista que recuerda, en el marco de su degradación, los momentos juveniles que le hicieron estremecerse, los cuentos que conforman este volumen tienen la particularidad de recordamos que en cualquier momento, y no sólo cuando físicamente empiezan a aparecer los rastros de los años, puede llegarse a la decrepitud. Tan viejo es el miserable anciano de "El negocio redondo y perfecto" tratando de revivir sus hazañas sexuales en la figura de su vecina la desnudista, como la joven recién graduada de "Las memorias de Corín", cuya parsimonia ante la vida y estupefacción ante la muerte, la hacen envejecer espiritualmente en pocas horas lo que cualquiera en varios lustros. La caída puede llegar, entonces, en cualquier momento, en la infancia, en la plenitud de los sentidos o haber estado siempre allí, bajo esa careta de indiferencia que otorga el simple vegetar día tras día, como aquellos cinco tipos, ancianos en vida, que deambu1an como zombies a lo largo de "Los actores", siempre apáticos, negando la vida a esa bestia incontrolable que todos llevamos dentro
Dentro de ese marco de la degradación de sus personajes, los cuentos reunidos en Los días de otoño tocan una multifacética cantidad de temas que muestran las diversas formas de ser vencido por la vida, por los años o, al contrario, de saber derrotar el aplastante paso del tiempo con el sabio ostracismo o la ironía. En uno de los cuentos más breves, pero no por ello más simple, "Las lentejuelas", se hace una detallada descripción de lo que fuera el antro de vicio más famoso de Xalapa hasta hace algunos años: El Camachín. Dentro de ese aparente ambiente festivo lleno de las delicias que proporcionan los excesos eróticos, destaca sobremanera la cadavérica faz de los homosexuales ofreciendo sus servicios, la resignada autocompasión de las desnudistas humilladas noche tras noche, la animalización muy al estilo de Valle-Inclán de toda la caterva de simiescos hombres ávidos de sexo que colman las mesas del lugar y, especialmente, la decadente figura de Rafael Montoya, ese patético maestro de ceremonias, quien con su traje barato retacado de lentejuelas pide a gritos un poco de atención y cuyo sueño dorado sería ser falsamente admirado por los hombres que llenan el cabaret, desnudándose ante ellos como esas mujeres colmadas de carne que despiertan la lujuria más bestial, para finalmente, derrotado por la verdad de su mezquina existencia, apretar "con sus manos el micrófono, al darse cuenta que el salón se encontraba completamente vacío".
El tema del erotismo es una constante en los cuentos que conforman este volumen, aunque esta pulsión rara vez llega a ofrecer una verdadera felicidad a sus personajes. El sexo se encuentra bastante alejado de los linderos del amor, y por lo general sólo representa un desahogo, un escape de la realidad circundante. Por ejemplo, en el cuento que da nombre a todo el libro, "Los días de otoño", nuestro protagonista es un boxeador retirado que se niega a olvidar sus glorias de antaño y, ante la decrepitud de su cuerpo, busca en el alcohol y en las relaciones sexuales un medio para revivir "las hazañas del tigre del Guadalquivir", no importando si se acuesta con una u otra mujer, ya sean las dos inglesitas lesbianas que se le ofrecen una noche de juerga, o la esposa del hombre que lo sacó de la miseria, o cualquier otra que se le atraviese en el camino. En "El coleccionista" tenemos un caso similar: ante la imposibilidad del joven protagonista de resolver sus fantasías sexuales con la estrella de la película "Danzón" en persona, se conforma con saciar sus instintos con su patrona, una mujer mayor quien, a pesar de su edad, todavía aguanta para "hacerle su tarea"; este torbellino de erotismo barato desemboca en tragedia, cuando el enardecido muchacho, loco de celos, decide asesinar al joven que cree su rival en los favores de la patrona, tanto sexuales como económicos; lejos de sentir remordimientos cuando comprende la magnitud de sus acciones, continúa tranquilamente su vida al lado de la mujer, quien ignora que su hijo es quien ha caído por la daga criminal de su amante.
Uno de los más sorprendentes cuentos de la colección es sin duda "El placer de la insaciabilidad", donde se conjuga de manera genial el tema del erotismo, con la violencia y la fantasía; pero no del modo en que los manuales de teoría literaria nos definen este concepto, sino nuevamente a la manera borgiana, con lo que él llamó "fantasías de la conducta", abordándose el tema fantástico como parte de la cotidianeidad, es decir, la irrupción de lo inesperado no se da por medio de recursos mágicos o metafísicos, sino por las actitudes extrañas o increíbles de los personajes. En este relato, un venerable hombre de la tercera edad rememora sus experiencias como antropófago, monomanía que comenzó en su familia desde hace varias generaciones y que desemboca en el alma enferma del sujeto que se complace en devorar gatas preñadas, cerdos, niños y cualquier tipo de ser humano. Este es uno de los casos donde la vejez es vista como un paso natural en la escala de la vida, pues el alienado protagonista se encuentra plenamente satisfecho con su sangrienta existencia, donde ha habido cabida hasta para disfrutar del amor de una niña de doce años que se entregó a él, presa de sus cualidades cuasi hipnóticas; uno de los pocos seres felices de la galería de desamparados de Raúl Hernández Viveros, nuestro caníbal asegura satisfecho que "a los sesenta años, puedo decir que la vida tiene sus bondades, amargas decepciones y agradables sorpresas".
Una de las características más notables de los cuentos que conforman Los días de otoño es su variedad en la experimentación de recursos literarios. En estos relatos, no sólo es importante la anécdota sino también cómo se cuenta esa historia, por lo que podemos encontrar los clásicos cuentos de corte realista junto con la utilización del elemento fantástico
Viajé como quien atraviesa un sueño agrietado: Paraguay, Brasil, Argentina. Cada frontera era una herida que se cerraba al cruzarla. Después abordé el barco rumbo a Montevideo, y el río —ese animal inmenso— me aceptó en su lomo. Allí ocurrió el milagro: descubrí a una hija que ya es madre de tres muchachas. Su esposo había muerto durante el Covid; la muerte pasó por su casa como un huésped sin modales. Nos abrazamos largamente, como si el tiempo, avergonzado, se retirara unos pasos.
—Pensé que no volvería a verte —me dijo, con la voz rota.
—Yo tampoco —respondí—. Pero los ríos siempre regresan al mar.
Ella sobrevive manejando un taxi, persiguiendo horas entre semáforos y pasajeros mudos. Sueña con volver algún día a vivir conmigo, cuando el caos se canse de nosotros. Yo asentí, guardando esa promesa como se guarda una moneda antigua en el bolsillo.
Regresé en el ferry hacia el Puerto de Madero. Atravesar el río más ancho de América Latina es cruzar una respiración profunda del continente. Las olas del océano se mezclan con las corrientes de ríos vecinos; el agua no decide, se confunde, se vuelve múltiple. Así viajamos.
Pero dentro del ferry reinaba otro río: un caos de cuerpos, multitudes apretadas en laberintos estrechos. La gente se aplastaba buscando la salida, como si el aire estuviera por acabarse.
—Avancen —gritó alguien.
—No empujen —suplicó una mujer con un niño dormido en el hombro.
—Todos queremos llegar —murmuró un anciano, aferrado a su maleta como a un recuerdo.
Tras las revisiones burocráticas, las miradas policiacas, los documentos examinados una y otra vez, salimos a la avenida Atlántica. Éramos un rebaño liberado por un instante. Agradecí seguir con vida.
Entonces lo sentí: la presencia de Felisberto Hernández, silenciosa y obstinada, caminando a mi lado. Me senté a dialogar con él en medio del ruido.
—Los objetos y el cuerpo humano guardan secretos que no sabemos —me dijo, como si hablara desde una mesa vieja o un piano abandonado.
—Ahora y siempre —le respondí— continuamos en este torbellino, en el aplastamiento de corrientes animales.
El caos adquirió forma de metáfora: estratos sociales organizando la estampida hacia el abismo. Borregos conducidos con paciencia cruel, destinados al sacrificio: vender la lana, devorar la carne, borrar el rastro. Nadie se defiende de la desaparición cuando el orden se disfraza de destino.
—¿Y la conciencia? —preguntó Felisberto.
—Distraída —contesté—, inmersa en proyectos inútiles que sólo anhelan el control total de nuestras reflexiones.
El ferry ya estaba vacío. El río seguía ahí, respirando. Yo también. Y en medio del caos, como un conjuro mínimo, esa certeza me sostuvo.