REVISTA ENERO-FEBRERO 2026
sobre un secreto. Cuanto más
te cuenta menos sabes”
Diane Arbus
Te preguntarás por qué ese espanto. Las tías abuelas y la luz. Son muchos lustros en la oscuridad, entre rostros, cuerpos, entre paisajes y casas, entre fiestas y ciudades muy lejanas.
Observa con detenimiento. Toma una lupa y reconoce los pliegues de sus vestidos, la vena en el cuello, las delgadas pulseras, la medalla, los tobillos. Están tomadas de la mano, dos hermanas que esperan algo que nadie sabe. Pura miel deben pedir a gritos, en su eterno silencio. Que los hombres lleguen.
La lupa es una maga, hace surgir hileras de macetas con flores incoloras, también hay una pared clara, una puerta y una ventana muy alta, con una reja barroca que la protege. Tras los vidrios las cortinas, tras las cortinas un mueble que apenas se distingue y un rostro, sí un rostro que te sonríe. Acércate más. ¿Te duelen los ojos? ¿y el corazón también te duele? Es un rostro conocido. Puede ser tu abuelo, o tu bisabuelo, algún tío lejano, un espejo...
Te acercas más y más hasta que topas con la puerta que brilla, que huele a madera recién barnizada, está caliente y respira como la espalda de un gigante. Tu mano corre segura sobre esa piel rugosa, sobre las vértebras y las costillas hasta llegar a la cerradura. Gira la perilla, bola de cristal con delicadas corolas dentro de un mundo hermético. Crecer y morir en un instante. La perilla es lisa y fría. La puerta cede. La luz parte en dos al mosaico que ha perdido, aquí y allá, sus minúsculas teselas. No cierres por completo, deja que te guíe ese haz de mínimos planetas. A la derecha hay otra puerta, ábrela. Una habitación iluminada por una tenue resolana que entra por el ventanal te ofrece los muebles, los mismos de siempre, de toda la vida, encarnados, con medallones que encierran jardines, las paredes de raso brillante. Pero no solo brillan las paredes, también los aparadores, los espejos donde se refleja el muchacho alto y delgado que carga a cuestas toda la hermosura de la juventud, también brillan los retratos de mujeres lánguidas y soñadoras, de hombres adustos y misteriosos, brillan los jarrones y, junto a un botón de bronce perdido en una esquina de la habitación, un filoso abrecartas con mango de hueso. Las alfombras lamen tus pies y anulan tu presencia.
Retira las cortinas, asómate a la ventana. Emilia y Rosario te dan la espalda. Sus sillas descansan en la terraza de losas negras y el aroma que despiden invade tu nariz, gira alrededor de tu ombligo, como unos dedos, serpientes, uñas largas y prohibidas. Si levantas la vista podrás ver la cometa que se deja llevar por un viento muy azul y un suspiro se escapará de tus labios. Ellas te esperan, nerviosas esperan que estés solo. Pero también él aguarda delante de las dos: alto, delgado, varonil, inclinado sobre la cámara y cubierto con la capucha negra. Sostiene, con la mano derecha, la lámpara en alto y el botón con la izquierda. Pronto llegará el momento preciso.
Y en ese instante, en ese preciso instante en que esperas a que las dos dejen de posar para el retrato y corran a tu encuentro y te despeinen y te lleven a esconder tus deseos atrás de los arbustos, olvidarás por un instante lo que te espera, olvidarás sus sonrisas, sus cabellos, sus incipientes senos que son duros y a la vez suaves, olvidarás sus quejidos al dejar que tu dedo camine por su entrepierna.
Llega entonces un dolor tan profundo que hace recargar tu sombra en el cristal. Es él, el verdadero deseo, sabor tan amargo y dulce, alado revoloteo en el estómago y unas ganas tan fuertes de orinar. El piso o el techo, la pared o el espejo, es un vacío en el lado izquierdo que sabes ya nunca se llenará con nada, y lo único que aciertas es a cerrar los ojos.
Es solo un instante, porque cuando los abres, el joven aún no ha capturado la imagen. Tiempo imposible de medir, donde te preguntas cosas tan absurdas como los años que podrá durar un retrato o un deseo vedado, la inocencia de los adolescentes, o si una fotografía persiste más que las personas que han posado para ella. Mejor deberías pensar en él, pero no, es un peligro, ni siquiera en ti, en esa duda que te ha perseguido: serás tú el único que admirará años después ese retrato que está a punto de nacer. Y tu mano tiembla porque sabes que el dolor volverá en cualquier momento, porque sabes que eres un completo intruso en aquella casa, porque sabes que ese deseo por tu igual no te corresponde. Porque sabes que la única puerta que no puedes violar es la del tiempo.
Explota la luz y con ella explotan los labios de las dos niñas, sus pezones y un finísimo vello que empieza a surgir bajo el ombligo del joven alto y hermosamente desgarbado. También vuelan días enteros de secretos, cenas y camas, pétalos de violetas encerradas en los libros y uno que otro abrazo de compañeros que perduran demasiado, ínfimos granitos de piel y un hilo interminable de sudor púrpura. Dejas la ventana y tropiezas con uno de los muebles. Caes de bruces y al levantarte me miras en el espejo. Eres el mismo de siempre. ¿Quién podrías ser si no? Pero ¿por qué aquí?
Tras la segunda puerta esperas, apretando el mango del pisapapeles. No es fácil entender que nunca llegará, pero a la larga es extraño que algo que se desea con tanta intensidad no se logre. Su cuerpo es tan liviano, que no hace ruido al caer. Tampoco el pisapapeles. Ni siquiera la puerta al cerrarse.
La fotografía tiembla. Dos mujeres tomadas de la mano, dos vestidos negros y esa necesidad de correr hacia el muchacho que no aparece en el retrato. Mario Heredía.
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