DA CLIK EN LA IMAGEN PARA DESCARGAR NÚMERO 103 DE Cultura de VeracruZ






Víctor Manuel Vázquez Gándara
 Investigador y escritor

Leer, escribir y publicar se han visualizado como obligación del investigador procesos transitados en cambio con placer por el escritor, estilo de vida, su razón de ser. Hay quienes conjugan erigiéndose por convicción en investigador y escritor: Desde hace más de cuatro décadas el Mtro. Raúl Hernández Viveros participó en el desarrollo cultural, en actividades editoriales al servicio de la Universidad Veracruzana. Durante una década tuvo a su cargo  la Dirección Editorial y al frente de “La Palabra y el Hombre. En sus trabajos de investigación ha revisado materiales bibliográficos e informes de los fundadores de la Antropología en Veracruz. Particularmente sobre las aportaciones de los académicos: Gonzalo Aguirre Beltrán, Alfonso Medellín Zenil, Roberto Williams García, Carlo Antonio Castro, Alfonso Gorbea Soto, José Luis Melgarejo Vivanco, Waltraund Hangert, y Juan A. Hasler, quienes  publicaron en  “La Palabra y el Hombre”.
   Entre las publicaciones de sus  investigaciones realizadas en el Instituto de Antropología de la U.V., destacan: “Vida y movimiento de Alfonso Medellín Zenil”, en Antropología e Historia de Veracruz, “La mitología de Roberto Williams García”, en Identidad y testimonio, “Medio siglo de cultura en Xalapa”,  Sumaria historia de Xalapa,  “Textos de José Luis Melgarejo Vivanco, en La Palabra y el Hombre”, Selección de Ensayos y poemas, Colección raíces,  Secretaría de Educación de Veracruz, “Homenaje a Carlo Antonio Castro Guevara y Roberto Williams García”, Ritualidad e Interculturalidad Otopame, Editora de Gobierno del Estado de Veracruz, 2013.
Durante la presentación de su  libro La mitología de Roberto Williams García, el 28 de septiembre de 2001, en el Museo de Antropología de Xalapa, el Dr. Alfredo López Austin comentó que: “Hernández Viveros ilustra este encadenamiento de producciones científicas y artísticas con algunos de los textos importantes de esta historia. Nos ofrece así un excelente ejemplo de cómo un acierto inicial,  germinal, de un investigador perspicaz y acucioso va desplegándose en el ámbito académico y artístico para desembocar en la difusión una de las derivaciones importantes de la actividad científica”. Puede consultarse el texto completo en la revista Cultura de VeracruZ, Nueva Época, número 3, marzo de 2005, pp.3-8.
El trayecto literario del investigador escritor veracruzano destaca, se ha citado, por un amplio conocimiento del trabajo de intelectuales contemporáneos llegando a la investigación etnográfica debido al acercamiento y convivencia académica, laboral y literaria con cada uno de ellos.
Este investigado escritor ha sido reconocido en distintas ocasiones y en diciembre 2011 se llevó a cabo un homenaje por la trayectoria literaria y labor editorial al escritor Raúl Hernández Viveros, en el que Arturo Hinojosa Loya, Marco Aurelio Martínez Sánchez, Mirna Viveros, destacaron la trayectoria literaria y el trabajo editorial. Marco Aurelio Martínez Sánchez publicó su semblanza sobre Hernández Viveros: Recordó que  “diría que Santa Rosa, su lugar de origen, es un pueblo de personas enloquecidas por el viento fuerte y extraño de la surada que viene desde el Golfo de México.” “Fue testigo de la época pujante del sindicalismo local, en que las manifestaciones artísticas y culturales celebradas en el majestuoso Teatro Juárez reflejaban, en parte, la fecunda vida cotidiana de esta comunidad de obreros.”
El sociólogo Arturo Hinojosa Loya definió la trayectoria académica y el trabajo al frente de las ediciones de la revista Cultura de Veracruz. Mirna Viveros reconoció el respaldo de Raúl Hernández Viveros  hacia la difusión del grupo Adictas a la Poesía. Algunos comentarios: Para Mario Calderón: “El nombre con los apellidos significaría: “el consejo del lobo, luchador triunfante, que es vivero”. Y precisamente esa es la labor que realiza Raúl Hernández Viveros, se refleja en su obra de creación y en su labor como promotor de la cultura mediante su revista”. Omar Piña reconoció que: “me publicó la primera vez, como escritor y no como periodista, yo le rasgaba apenas los veintitrés años al calendario. A Hernández Viveros le debo cariño y apoyo, música, libros, ensoñaciones y también carcajadas”.
Juan Ventura Sandoval escribió: “Raúl Hernández Viveros ha podido demostrar de manera decantada –los años y el vivir de algo sirven– que la novela de aprendizaje, la literatura testimonial y la lírica siguen vigentes en la buena literatura”. Hay que recordar que el investigador Renato Prada Oropeza descubrió, hace varias décadas, que: “la literatura veracruzana contemporánea y, particularmente, la xalapeña, manifiesta en la evolución de su narrativa un fenómeno sumamente interesante que tendrá que ser estudiado tarde o temprano: un cambio del realismo social a una metaliteratura no exenta de un fuerte y marcado interés ‘psicológico’, que desemboca paulatinamente en la narración política. Los mejores momentos de esta evolución lo constituyen Polvos de arroz, de Sergio Galindo, ‘El verano de la mariposa de Juan Vicente Melo, y varios relatos de Hernández Viveros.”

Las páginas de su existencia de lector, escritor y editor, continúan escribiéndose y en el entorno académico, incansable, durante el doctorado y elaboración de tesis, agrega un capítulo más en su haber.&

REVISTA 102












Martha Inés Flores Pacheco[1]

Entre textiles y archivos:
Álvaro Brizuela Absalón[2]

Introducción
En este artículo solo se hablara muy poco de Álvaro Brizuela Absalón, su título se refiere a dos grandes temas: textiles y archivos, ya que son dos hilos conductores de su formación académica y de su pasión por la antropología, entre los textiles y los archivos existen otras herramientas del quehacer antropológico que Álvaro Brizuela aprendió, conoció, estudió, sintetizó y problematizó, como son el análisis de la cerámica y las colecciones que clasificó para el Museo de las Culturas y el Museo Nacional de Antropología.
En este breve escrito, se describirán algunos pasajes de la vida de Álvaro Brizuela que permiten entender cuáles han sido los principales ejes de su propuesta académica, porque en algunos de sus estudios lo apasionan las diferentes culturas, sus orígenes (mitos), sus rituales, sus textiles, su historia y por supuesto su interacción con diferentes pueblos indígenas de México y Centroamérica.
Con lo anterior, se observa que el interés del etnólogo Álvaro Brizuela siempre ha sido proponer aportaciones en diferentes campos y perspectivas, así como abordar en sus textos problemáticas sociales y políticas actuales. Como etnólogo y contar con la formación clásica de la disciplina antropológica, se verá como se ha interesado desde la historia agraria hasta la concepción sagrada de los territorios indígenas, sin dejar de lado su preocupación, desde joven, por las condiciones de vida de los pueblos indígenas de México. Álvaro Brizuela tránsito por las diferentes regiones dejando diferentes recuerdos y anécdotas, logró desarrollar su propio camino y estilo, su concepción de vida, sus andanzas, sus gustos y sus pasiones.
Este documento consta de cuatro grandes apartados, que tratan de conjugar y sintetizar cuatro temas que intervienen en su vida, la primera una breve biografía de Álvaro Brizuela, destacando su formación académica, la segunda intitulada Entre textiles y piezas arqueológicas, trata brevemente su incursión en este campo, la tercera llamada experiencias antropológicas  narra un poco las prácticas de campo y los pueblos estudiados y por último en la cuarta, Recuerdos, anécdotas y colecciones se mencionan algunas autobiografías, vivencias, pasiones y sueños que le han dado el complemento entre la antropología y otros saberes y como palabras finales se expondrá como se observa él así mismo.
Este documento es el inicio de narrar la vida de un antropólogo, pero contemplando no solo su propuesta teórico-metodológica, sino tratar de incorporar el contexto social y cultural en donde se desenvolvió, así como la incorporación de otras técnicas de investigación, que se han manejado por otras disciplinas para escuchar las palabras y los pensamientos de Álvaro Brizuela.






[1] Etnóloga por la Escuela Nacional de Antropología (ENAH), con Especialización, Maestría y Doctorado en Ciencias Antropológicas por la Universidad Autónoma Metropolitana-Iztapalapa. Ha analizado y estudiado diferentes aspectos de los pueblos indígenas de México: territorio, cultura, lugares sagrados, toponimia, historia; así como efectos de la política social, formación de territorios, procesos históricos, educación intercultural y derechos indígenas. Ha trabajado principalmente con coras, huicholes, nahuas y teenek de la Huasteca potosina, tlapanecos o mepp´a de Guerrero y nahuas de Zongolica, Veracruz y de Morelos. Otros temas son el estudio de los efectos en el patrimonio natural, histórico y cultural en las ciudades y los procesos de gentrificación.
[2] Se presentó como ponencia en XI Congreso Centroamericano de Antropología en la Mesa: “Nuestros colegas, nuestros amigos”, en la Universidad de Costa Rica, del 27 al 5 de marzo 2017.

REVISTA 101

DESCARGA AQUÍ Revista Cultura de VeracruZ 101





Álvaro Brizuela Absalón



FÉLIX BÁEZ-JORGE[1]


EL CAMINAR
DEL ANTROPÓLOGO


Para el Tigre Mayor: Félix Báez-Jorge

En el andar del antropólogo, en el cruce de caminos, volvemos la mirada a ese encuentro con el otro, sí, con el nombrado informante del antropólogo, que, en mi caso, lo considero como un colaborador del proyecto de investigación, y fue en ese andar, que me encontré con un personaje entrevistado por Félix Báez-Jorge  en San Pedro Soteapan, Veracruz, me refiero a Don Mauricio Sagredo, un hombre de hablar pausado y conocedor de su cultura popoluca zoqueana. Este encuentro lo relaté en una carta que le escribí a Félix el dos de junio de 2014, de ella, voy a leer un fragmento, dice así:
Félix, cuánto nos abrazan los caminos cuando vamos  al  encuentro con el otro, que somos nosotros. Somos el espejo del otro cuando conversamos, cuando se escriben sus relatos. Nos volvemos atemporales cuando en la entrevista, el entrevistado trae ese pasado al presente. En ese momento atemporal, se recrean  imágenes de otro tiempo, es el momento cuando el otro relata esos paisajes reconfiguradores, el antropólogo, con asombro, va a transcribirlo como algo nuevo.
Aún recuerdo la primera vez que estuve en San Pedro Soteapan, fue en junio de1970. Unos días antes, estaba en Oluta haciendo una entrevista, y les decía a los señores de la casa, de aquí,  me voy a Soteapan, ellos exclamaron: ¡no muchacho!, no es bueno que vayas para allá, aquí te quedas con nosotros, y podemos conversar de lo que quieras. Les respondí que no podía hacer eso, que yo tenía que ir, porque así lo había programado. Es que dicen que allá se comen a la gente, son malos. Hubo más advertencias que llamaron mi atención, y alentaron mi curiosidad. En un restaurante en la carretera (de Acayucan a Coatzacoalcos), le decía a un señor, mañana voy a estar allá arriba, en Soteapan, y él me dijo que no fuera.
Con esas advertencias, fue mayor mi interés, y me dije, pues ahora, voy. Y sí, cuando llegué, sentía un ambiente un tanto tenso, de miradas de desconfianza, llegué al Ayuntamiento, me presenté, y me dijo uno de los señores , pon tus cosas ahí, mochila, grabadora, y demás útiles, los dejé sobre costales llenos de frijol, entonces me dijeron,   vete a casa del Mayordomo, ahí te van a dar de comer, y sí, llegué a la casa, afuera mesas y bancas, saludé, me presenté, y me dieron de comer del guiso de res que se ofrecía.
Después de leer acerca de lo que aconteció en la región de Soetapan en tiempos del Gobernador Juan de la Luz Enríquez (1888), los reclamos sociales no atendidos, y que ellos se hicieron justicia por su propia mano, protesta que culminó con represión, homicidio y cárcel por las fuerzas públicas del gobierno del estado; entonces comprendí el porqué de esa expresión de desconfianza, que las miradas para el extraño que en ese momento era yo, las sentía como hostiles. Después, ya fue otra sensación, con Don Juan, un lugareño que conocía a mi padre Rafael Brizuela Pereyra, esto por sus viajes en peregrinación a pie y a caballo con rumbo a Catemaco para la celebración de la Semana Santa, tiempo de alegría, y la Semana Santa, tiempo de luto.



[1] Fragmento de ponencia: XI Congreso de la Red Centroamericana de Antropología. Escuela de Antropología de la Universidad de Costa Rica. San José Costa Rica. Febrero 28 de 2017.






Edgar Aguilar

Entrevista con
 Paula
Carbonell




Licenciada en Humanidades por la Universidad de Castilla-La Mancha, Paula Carbonell (Valencia, España, 1970) es ante todo narradora de historias y escritora de libros infantiles. Miembro de la Asociación de Narradores Profesionales en España, ha publicado El viaje de las mariposas (2006), Buscando el Norte (2008), Un perro y un gato (2011), Gallito Pelón (2013), Un día en el mar (2014) y El dragón (que no era verde) (2015). Recientemente visitó nuestro país para participar en diversos festivales de cuentacuentos y presentar su más reciente libro, El más rápido (Lóguez Ediciones, 2016).


¿Qué características debe reunir un buen narrador o contador de cuentos?
Creo que principalmente debe tener buenas historias en su bolsillo. Partimos de allí, debe haber una buena historia, una buena búsqueda, tanto de la tradición como adaptación de cuentos literarios. Luego tiene que haber una buena escucha. En la narración es fundamental el público. Por eso es necesario poder ver al público, mirarlo, estar atento; incluso normalmente los espectáculos de narración son mucho más versátiles: hay que ser capaces de mirar, de contar y de escuchar al público y lo que necesite, así como de cambiar en un momento determinado la historia a otra, porque ves que son mucho más pequeños de lo que tú habías pensado, o mayores, y tienes que ser capaz de adaptarte.

Aunque tu trabajo está más orientado al público infantil.
­Sí, porque en España prácticamente todo lo que se programa, o la mayor parte de lo que se programa, son funciones infantiles.

Inicialmente te desempeñaste como promotora de lectura, y posteriormente pasaste a contar cuentos. ¿Cómo fue este proceso?
Yo hice máter de promoción de la lectura y la literatura en la Universidad de Castilla-La Mancha; era el primer máster en España que había sobre literatura infantil y juvenil, y en el proceso tuve la oportunidad de participar en un taller en la biblioteca de Cuenca, trabajando la promoción lectora, y de manera natural se pasa a contar cuentos, empiezas con los más pequeños, pero luego ves que los mayores también están ávidos de historias, y continúas. Y bueno, me preparé, estuve en distintos talleres, también de teatro, de clown, y es encontrar tu manera de narrar. Creo que un buen narrador es el que encuentra su propio estilo. En el teatro vas mucho más encorsetado, hay un director; en narración eres tú, cuentas desde ti, desde quien tú eres, si no seguramente estás haciendo un personaje y estás falseando. ¿Cuándo suceden los cuentos, las ganas de contar? Seguramente desde que el hombre tiene el uso de la palabra, lo que pasa es que ahora como que se ha profesionalizado.

Imagino que en lo que haces hay mucho de improvisación, entendiendo el término con el significado que le damos en teatro.
No es una cuestión de improvisación, que también la hay, quiero decir, tú juegas con las cosas que suceden con el público, pero eso no es improvisar. Lo que ocurre es que tú estás escuchando, estás viendo a un niño que está llorando, que está desesperado porque está buscando a su mamá, a lo mejor lo coges y lo estás metiendo en el cuento porque tienes a otras 60 personas que no puedes dejar de atender, entonces coges al niño y dices “y estaba buscando a su mamá”, entonces la mamá te saca el braza y te dice “aquí”, entonces tú vas, se lo das, pero no dejas de contar la historia.

Además de narradora de cuentos, escribes libros para público infantil. ¿Encuentras una relación entre escribir y contar?                
Creo que son dos actividades diferentes. No cabe duda que la palabra escrita suele ser la memoria de la palabra dicha. Pero creo que son dos registros muy diferentes, que tienen recursos muy distintos, quiero decir, uno puede ser un maravilloso escritor y un narrador espantoso. En la narración estás al servicio de un público que te escucha, en la escritura seguramente vas a dejar que interpreten mucho más, tú ya no vas a estar en el proceso en el que el lector lee.

¿Qué tan importantes son las imágenes cuando narras a un público?
Yo cuento con imágenes porque cuando cuento mis libros, las historias de mis libros, no quiero renunciar a las ilustraciones. Se trata de buscar un formato que me permita contarlo con las imágenes. No voy pasando las páginas del álbum, sino que adapto algunas de las ilustraciones del libro para que me sirva a mi manera de contar. Normalmente cambio la estructura, puedo variar el orden, seguramente reducir mucho más de lo que hay en el libro; no voy a poder mostrar todas las ilustraciones, voy a hacer una selección, pero estoy adaptando a mi discurso narrativo las imágenes, no al revés. Para cada caso trato de buscar un formato que se adapte específicamente a ese cuento. Es esencial que para contar no te estorbe nada; si algo estorba en el contar y andas muy enredado y te distrae mejor descártalo. Y eso te lo da normalmente el ensayo, la práctica o el propio contar.

En tu caso, ¿es más fácil valerse de animales a la hora de escribir historias para niños?
Bueno, fíjate una cosa. En El más rápido hay un guepardo que no está en el texto. Yo nunca me imaginé un guepardo en ese cuento. Fue la ilustradora quien hizo esa aportación, que es maravillosa, pero no fui yo. En El viaje de las mariposas aparecían insectos. Ese cuento en realidad era un homenaje a un cuento que me contaban de niña, que después he hecho una versión, que es Gallito Pelón, y El viaje de las mariposas no deja de ser lo mismo, un acumulativo en que se va encontrado amigos por el camino, un poco mi manera de entender la vida. En el Gallito Pelón me gustaba la metáfora de que se lo va comiendo todo; todo lo que nos “tragamos” en esta vida al final nos sirve de una manera, incluso lo malo. Lo bueno y lo malo siempre te va a servir después. Y sí, es verdad, con animales es más fácil a veces. &  


(Fotografías tomadas del sitio web de Paula Carbonell: https://paulacarbonell.com)                







Gabriela Hernández


 Aproximación a

 Mario Heredia



 Si la memoria existiera fuera de la carne no sería memoria porque no sabría de qué se acuerda y así  cuando  Carlota dejó de ser, la mitad  de la memoria dejó de ser y si yo dejara de ser todo el recuerdo dejaría de ser. Sí, pensó. Entre la pena y la nada elijo la pena.
                                                    W. Faulkner


Me acerco a la obra de Mario Heredia y pienso en la afirmación de  Kundera: “Todos los novelistas escriben, probablemente, una especie de tema (la primera novela) con variaciones”, a propósito de la levedad, característica que está presente en muchos de los libros del autor checo. Debe existir una excepción a tal afirmación, pero mientras la encuentro, releo las novelas y cuentos de Mario y sé que encajan perfectamente en ella.
   “No se puede vivir sin regresar” le dice el Contra a Picado en Memoria de mis huesos, no se puede escribir sin recordar, porque como bien apunta Mauricio Molina: “La palabra es la memoria del vacío, así como la pintura, memoria de la oscuridad y la música, memoria del silencio”. Los recuerdos son la materia prima de la obra de Mario, con ellos se llenan roperos, paredes, manteles, desiertos; los recuerdos, huesos propios y de los demás, tangibles, verdadera experiencia física, que no puede separarse de la carne porque si no simplemente deja de ser. Los recuerdos son vida que escapa de las manos, que duele cada vez que es escrita: “el dolor no se piensa, (dice Flavio, protagonista de Estas celdas que soy) quizá se recuerda”. Una perversa fascinación lleva a los personajes de Mario Heredia a los terrenos de la memoria, a ellos no les importa volver a experimentar el miedo, se vuelven fetichistas del recuerdo, el objeto venerado  puede ser  una fotografía o la pluma de un animal como en los cuentos de Un bosque muerto: “a los muertos no se les puede borrar tan fácilmente de nuestra vida; no solo son memoria son tantas cosas.” dice el narrador del primer relato. De manera semejante experimenta Arthur, El éxtasis violeta de Arthur Cravan, su transformación. La inmersión le suministra recuerdos, “el olvido y la paz después de agonizar en la pequeña muerte”, “la sombra pugilista” se manifiesta de diversas maneras: en la violencia del morado, en el ring flotante, en el jab disfrazado de caricia, pero también en la vehemencia de los recuerdos, de los colores de esos recuerdos: el gris tormenta, el rojo de una camisa, los pechos glaucos, el azul de los ojos, del océano, del lienzo. Los recuerdos se transforman: ahora son instante. La nostalgia se vuelve un demonio irresistible, se le conjura a pesar del terror, a pesar de que después de ese conjuro solo quede un “bosque fallecido”. ¿Por qué? porque trae la salvación, la recuperación, aunque sea tarde, de la verdad. La gran protagonista de La otra cara del tiempo es esta foto, y en ella, de la misma forma que en la tacita de té de Proust caben “la casa gris, la plaza, las calles, el pueblo entero desde la hora matinal hasta la vespertina, sus buenas gentes y sus viviendas chiquitas”, es decir, el pasado y su infinita nostalgia.
   Es por esta razón que los escenarios de estas novelas y cuentos son trágicos: un desierto, una cárcel, un mar como cárcel, o una habitación “parca, vacía” como donde está el obispo que recibe la noticia de la muerte de Sor Juana, en el cuento Preludio de un funeral. No pueden no ser trágicos porque el dolor es doblemente dolor cuando se le trae de vuelta, cuando se le invoca; y aun así, Flavio, Jesús, el obispo o Carlos, Silvestre, optan por la memoria, aunque ello signifique una tarea tan difícil como arrancarla de las paredes de una cárcel o desenterrarla de arenas calientes, no importa vale la pena porque es lo único que los puede salvar, es lo único que salva al escritor que reconstruye la vida de Caravaggio en esa biblioteca que se asemeja más a una cárcel, en el cuento En una playa de Messina.
   La memoria es vida que se creía perdida, tiempo recobrado. Por eso cuando se  le recupera toma la forma de “olas que llegan a la playa”, de “tesoros oxidados” de “libélulas tornasoladas” o simplemente de un fémur, “el fémur de un hijo”. La búsqueda de la memoria en las novelas y cuentos de Mario Heredia es un proceso lacerante, se da de manera violenta, llega cuando el carcelero propina los golpes, cuando las manos se embarran de podredumbre, cuando la puerta de la celda se abre y entra la luz apuñalando la tiniebla, encegueciendo al preso. 
   Italo Calvino en Seis propuestas para el próximo milenio, traza las líneas generales de lo que debe tener la literatura del futuro: levedad, velocidad, multiplicidad, exactitud, visibilidad. Me detendré en esta última. Para Calvino, la capacidad para construir imágenes es una de las cualidades centrales del acto literario, porque hay en ellas un poder de seducción, de encantamiento central para el acto de lectura. Y me detengo en esta característica justamente porque es la que permea estas novelas y cuentos. En ellos dos planos conviven espontáneamente el plano de lo alegórico y el plano de lo real. Tomemos como ejemplo en primer lugar uno de los cuentos: Un desierto naranja. En él, dos personajes instalados en una habitación sostienen un diálogo intrascendente. De pronto un cable oscuro atravesado  en una pared los lleva a un escenario de película, la estación del tren, el tufo de los negros, el calor del Serengueti, un cazador inglés, una tienda de campaña y luego un león, la ficción surgida de la pared supera la realidad, se la devora. En otro de los cuentos Violoncello, una orquesta ejecuta la cuarta sinfonía de Mahler, Lulú, la protagonista y uno de sus miembros, ve salir de su instrumento, primero una araña, luego una hilera, luego un río de bichos. El poder de evocación de la música de Mahler que “siempre había salvado a la violencellista de la soledad, de la gordura, de la pobreza”, ahora la lleva a otro plano: el de la alucinación. Nuevamente la ficción supera la realidad.
   En Memoria de mis huesos, la primera novela de Mario, Jesús el protagonista se encuentra en un desierto, entre montañas de osarios humanos. En ese rompecabezas caótico, Jesús busca los huesos de los suyos, reconstruye sus vidas al mismo tiempo que la propia mientras espera que manadas de elefantes escarben la tierra, la remuevan para poder enterrar en ella los huesos de sus muertos. El plano de lo real cuenta la historia de el Contra, un hombre “casado con la mar” que vuelve cada seis meses a Orizaba a ver a su familia. Un plano intermedio entre estos dos, nos lleva  a casa de Isaura, que espera a que su marido, El Contra, vuelva. Mientras eso sucede, Isaura borda un mantel, lo llena de flores, de elefantes, de recuerdos, y ella ni cuenta se da de que sus hijos crecen, hacen sus vidas, se mueren, el tiempo se detiene en ese mantel, para ella la vida está allí, la memoria de los suyos, Isaura borda sus vidas, igual que Jesús las busca en los osarios del desierto. La imagen del desierto se transforma a lo largo de la novela en un oasis de recuerdos, una memoria colectiva, universal que Jesús busca y revive para salvarse, para trascender. Es el plano de la alegoría el que conduce al lector a una reflexión más profunda sobre la tesis de la novela: no se puede vivir sin regresar.
 En Estas celdas que soy, Flavio, el protagonista se encuentra en una prisión. Allí recuerda su vida en Córdoba, y al igual que Dios multiplica los panes,  Flavio extrae vidas de esas paredes inhóspitas, (y de nuevo la imagen de la pared como hoja en blanco), las inventa y luego las vive, “hay que inventar para seguir vivo” dice Flavio, alter ego del escritor. Y luego confunde las vidas inventadas con la suya como también lo hace el personaje que es biógrafo de c en el cuento En una playa de Messina. En esa cárcel, Flavio se aferra a sus recuerdos y a sus creaciones, a sus personajes que le traen luz.  También en esta novela el recurso de la alegoría conduce al lector a la reflexión central: la de que el hombre lleva una cárcel en sí mismo, pero lleva también la liberación: su memoria, sus recuerdos.   “La fantasía es un lugar en el que llueve”, constata Calvino. ¿De dónde llueven las imágenes en la fantasía de Mario Heredia, me pregunto yo? De la pintura, de la música, de la vida, de la memoria. La propia y la de otros, me llama la atención el parentesco de las imágenes que pueblan esta ficción: un desierto, una prisión, una habitación despojada, el cuarto de un hospital, y el colmo de los colmos: la cama de una mujer, todos lugares vacíos, absurdos.  Debemos tener fe en las historias que cuentan estas imágenes, o será al revés: en las imágenes que revelan estas historias. No importa, lo que importa es el recurso al servicio de una idea: sin memoria no hay vida, no hay literatura, en el caso de las novelas. En el de los cuentos, el poder de la imagen es lo que suscita en el lector la idea de que la  ficción se come a la realidad; cito a Calvino nuevamente: “La escritura será lo que guíe el relato en la dirección en la cual la expresión verbal fluya más felizmente, y la imaginación visual no tiene más remedio que seguirla”
    La otra cara del tiempo tiene otra llave: William Faulkner. Christmas es hijo de su Christmas. Aunque el Christmas de nuestra novela se revela como buen hijo, por cierto, contra ese nombre y no entiende su porqué, si el otro era negro, asesino y con un destino trágico; finalmente resulta ser un digno hijo, pues, el Christmas de Faulkner tampoco sabe nada de su padre, su parentesco con este Christmas es en línea directa y es la orfandad de ese padre desconocido, es también la certeza de la soledad en la calle, el camino blanco al que se enfrenta nuestro Christmas en sus ataques de epilepsia, la certeza de su  destino. El otro personaje, el escritor sin nombre, tiene siempre a su lado la novela Desciende Moisés. La tan mentada foto de Eustaquio está resguardada entre sus páginas, ya que le sirve como separador. Desciende Moisés es su propio libro de la sabiduría en el que encuentra las respuestas esenciales para su existencia. El escritor debe conservar la inocencia ante el ritual de la escritura, al igual que el viejo Ike, con tantos años encima, la conservaba como cuando mató al primer venado.    El    escritor   acecha    la   imagen   de Eustaquio como un cazador, sigue “su olor, su silueta, como Ike al oso.” A Eustaquio y a Ike los une la inocencia, pero uno no es el otro. Eustaquio es el ideal, el mito que permanece siempre joven. Más que una influencia de La otra cara del tiempo, William Faulkner se convierte en un entrañable compañero de viaje con el que se dialoga, al que se le piden prestados sus utensilios, y sobre todo con el que se comparte el placer de la travesía.
    He leído buena parte de su obra: compleja en el manejo del tiempo, cargada de imágenes poderosas, sonidos y voces polifónicas, de un humor que duele, de un dolor que esculpe personajes que no se olvidan aunque pasen los años. Las machincuepas de Silvestre y su pierna biónica promete desde el título, ser una especie nueva dentro de la obra de Mario. Después de leerlo y reírme, de seguir los giros en la vida de Silvestre, haciendo las pausas necesarias para asimilar el vacío (explícito y entre líneas) con el que Mario ha tejido esta historia, he llegado a la conclusión de que si esta novela fuera un animal, sería precisamente un camaleón. Parece, a primera vista, un animal hecho para la venganza, pero poco a poco cambia sus colores y revela algo más. Lo mismo sucede con La Santa imagen de Lucía Méndez, última novela que ha publicado Mario Heredia, donde va a revelarnos las mismas obsesiones ahora con un sentido del humor que sorprende. No darle demasiada importancia a la vida. Un cambio interesante en su narrativa que no por eso deja de tener esa profundidad, ese doloroso camino en que transitan sus personajes y que desde su primera novela nos ha conmovido. Sin perder su estilo, Mario Heredia pone a jugar ahora a sus personajes con gran desparpajo y sin miedo a lo que el lector pueda pensar. Una cierta ironía, quizá una falta de vergüenza que debemos agradecerle. No sé qué vendrá después, pero sé que seguiré sorprendiéndome.
   No cabe duda, la visibilidad imprime a las novelas y cuentos de Mario Heredia el sello de literatura futura, o en palabras de Calvino que ya resuenan extrañas en nuestro siglo XXI “del próximo milenio”.&













CARLOS ROBERTO MORÁN:   

Patricia Severín 
EL DOLOR
DE
VIVIR

Definen a la helada negra como “el terror de los agricultores porque no hay cultivo que la sobreviva”, incluyendo a los más resistentes. En estas circunstancias, se añade, no hay formación de escarcha por lo que el frío lento y persistente ataca directamente a las estructuras internas.
Lo concreto, que apunta a lo simbólico, se hace aún más específico, y terrible, cuando la información precisa que “a nivel celular aparecen cristalitos en forma de cuchillos que desgarran la maquinaria interna de las células y las membranas internas se desecan a causa del mismo proceso de congelación”.
Resultado: la necrosis de los tejidos dañados que se ennegrecen de golpe como consecuencia de la podredumbre y si los daños afectan a partes vitales, como el tronco y las hojas, la planta muere.
De estos daños, profundos, íntimos, irreversibles, de la “helada (el hada) negra” que no hace milagros salvíficos en la vida, nos habla la decena de cuentos bien macerados de Patricia Severín*, quien a mi juicio encuentra su mejor voz cuando incursiona en el género.
La selección de este libro compacto, que exige lectura atenta, se abre con un cuento cuyo título, “El hombre que más amó a mi hermana”, puede llamar a un engaño del que lector saldrá de inmediato puesto que se trata de un relato en el que el amor y la muerte se encuentran profundamente entrelazados. 
La habilidad narrativa de Severín presenta acá sus momentos más logrados, en un cuento plagado de saltos cronológicos, de fuerte contenido autobiográfico que, amén de ser una elegía por una pérdida muy próxima, es también una reflexión sobre la complejidad del amor.
En estos relatos en general los amores no suelen ser correspondidos. En ellos lo femenino se impone, aunque no en sus versiones edulcoradas o de romanticismo trasnochado, sino que hablan de la vida “vista” desde lo profundo de la mujer. Esto no es juicio de valor, desde ya, sino que Severín cuenta con sus emociones a flor de piel, y aunque invente situaciones y personajes, aún los masculinos, es la mujer la que se instala en estas páginas. Y se expresa con toda su singularidad.
“Helada negra”, el relato que da título al libro y con el que cierra el volumen, es donde más esa mujer se manifiesta, donde estalla, como si se tratara de un grito último, agónico, diciendo su íntima verdad. Imposible hablar de su contenido, aunque sí puede aludirse a la relación única y definitiva de una madre con su hijo recién nacido.
Así como el amor es el que “informa” al primer cuento, las emociones, los afectos correspondidos o no, hablan de distinta forma en otros cuentos, como en “Mano izquierda”, en el que un accidente circunstancial que sufre un hombre que hacha leña, esconde en realidad determinados infiernos personales. Que es lo que también ocurre en “Corazón de erizo”, en el que una gran familia, el dinero y la soledad profunda se esconden detrás de una constante hipocresía.

La naturaleza, los detalles.
Dos de los cuentos de este libro merecerían un análisis minucioso que una reseña no lo permite, puesto que debería incursionar y exponer todos sus secretos. Me refiero a las ya citados “El hombre que más amó a mi hermana” y “Corazón de erizo”, en los que las descripciones minuciosas y la fuerte presencia de la naturaleza –también pintada de manera minuciosa- se vuelven coprotagonistas de las historias centrales.
Notable la habilidad de Severín para fragmentar las historias, jugar con el presente y el pasado y, particularmente, aportar esos detalles mínimos, no nimios, que Nabokov le reclamaba a la mejor literatura.
Qué fuerza tienen en estos cuentos la descripción de flores, de árboles, de ropas, de determinados ambientes, que van constituyéndose la materia viva, decisiva, de los relatos, que tanto refuerzan las situaciones-límite que viven las dos protagonistas, ambas marcadas por la tragedia.
Tragedia: he aquí otra palabra decisiva en estos textos de la autora. Tragedia de la hermana, tragedia de la prima, tragedia de la mujer engañada, tragedia de esa otra mujer que busca sus ancestros en Italia (y el misterio que encierra el pasado de su abuelo), tragedia de quien corta leña, tragedia de la mujer que en la soledad más profunda (más íntima) describe una historia amorosa en tiempos de la computadora (los tiempos pasan, las costumbres mutan, pero las emociones y el dolor son permanentes, persistentes). La pequeña/grande tragedia de la familia que espera la llegada del hombre a la luna. O la tragedia de la mujer con su hijo recién nacido durante un viaje bajo la trágica helada negra.
Tragedia, al fin, del hombre que más amó a su hermana, obsesionado, obsesivo, incontenible, incapaz de aceptar la realidad (y, de paso, excelente decisión de Severín al hacerlo portador de algo inefable, tremendo, que escapa a cualquier definición, porque eso es un universo que está vedado descifrar).
Breve pero contundente libro, a mi entender el más sólido de sus títulos, estos textos de Severín merecen la lectura y la promoción, ser difundidos, conocidos dentro y fuera de nuestras “fronteras” regionales. Por supuesto, se trata de una casi una mera expresión de deseos dado que vivimos en un territorio llamado Argentina, tan centralista, tan ignorante de lo que ocurre en la totalidad del país. Tan injustamente ciego.
“Ella levantaba las manos y sus brazos se desplegaban como banderas claras delante de los limpiatubos, que estallaban en rojo sobre el fondo de los plátanos. Yo quería disimular mi soledad ese atardecer, cuando el sol se ponía tenso y naranja entre los árboles del parque, buscando cualquier cosa, un pretexto en la cartera, diciéndome mil veces para qué viniste, para qué te pusiste el vestido de falda transparente que molesta (o yo pensaba que traslucía y molestaba tanto). Traté de colocarme de costado y alejarme de los grupos para que mis piernas no se vieran cuando la luz daba sobre la falda. Me protegía en la penumbra, haciendo como si buscara algo, o corría a observar detenidamente la flor del limpiatubos, alargada como una boquilla gruesa o un cepillo tupido y cilíndrico, de esos que se usan en los bares para limpiar el fondo de los vasos. ¿Por qué se llamaría así? ¿Y no rosa ígnea o carmesí de flecha o dedos de fuego? Ese arbusto me estaba poniendo poeta y eso era malo. Siempre que me ponía poeta algo incontrolable sucedía, como si al abrirse los poros del corazón se derramase por esos ínfimos agujeros toda la sangre”.

Datos para una biografía
Patricia Severín nació en Rafaela, Santa Fe, y luego de residir en Reconquista se radicó en la ciudad de Santa Fe. Ha publicado la novela Salir de cacería, los libros de cuentos Las líneas de la mano y Sólo de amor, así como los poemarios La loca de ausenciaAmor en mano y cien hombres volando (con Graciela Geller y Adriana Díaz Costra), Poemas con bichosLibros de las certezasEl universo de la mentira y Abuela y la niña. Sus textos han aparecido en diversas antologías, nacionales e internacionales. Ha recibido los premios  Fondo Nacional de las Artes, Municipalidad de Buenos Aires y Faja de Honor de la Sade Santa Fe. Junto con Alicia Barberis y Graciela Prieto Rey dirige en Santa Fe la Editorial Palabrava.



* Helada negra, Ediciones Universidad Nacional del Litoral, Santa Fe, 2016





VICENTE ESPINO-JARA

Rafael Delgado,
en la memoria
educativa y literaria

El salón de actos del Colegio Preparatorio, es el recinto histórico idóneo para recordar al distinguido cordobés, escritor, poeta, novelista y ejemplar profesor que contribuyo a forjar en Orizaba como en Xalapa, varias generaciones de jóvenes bachilleres; el maestro Rafael Delgado y Sainz, quien el 20 de mayo de 2014 cumplió 100 años de haber fallecido, justo en el interior del edificio del Colegio Preparatorio de Orizaba, donde se desempeñaba como director, así quedó inscrito para la posteridad en una pequeña placa de mármol al pie del actual Palacio Municipal de la ciudad “nupcial”  como él la llamaba por su cotidiana y densa neblina. (…de entonces). Él está presente, a través del estupendo retrato[1] que le hiciera el maestro catalán Joan Bernadet y Aguilar, para horrar su memoria y recordarlo desde su origen como ex–alumno y su trayectoria docente al frente de las asignaturas de Español y Literatura.
De su paso como educando del antiguo Colegio Nacional de Xalapa, comparto un poema intitulado Diurno, que se supone inédito:

Pues bien, yo necesito decirte padre mío,
Que estoy modorro y lánguido de tanto parrandear;
Que ya se acerca Octubre, que ya comienza el frio;
Que tengo las materias flotando en el vacío.
Y dicen, y es seguro que me han de reprobar

Yo quiero que tu sepas que al expirar el año
Me siento ya sin fuerzas, con ganas de morir;
Que no quisiera darte tan fiero desengaño,
Que temo el gran desastre, que temo hacerte daño
Y que antes que suceda lo debo yo decir

De noche cuando pongo mi sienes en la almohada
Y muy abrigadito me empiezo a revolver
Pensando en los exámenes, me digo: ¡Si no es nada!
¿Por qué te asustas, chico, si al fin de la jornada,
con cero o sin ceros, que te ha de suceder?

Confieso que en Enero me dije: ¡El mundo es mío!
¡Quién piensa en el colegio! ¡Quién piensa en estudiar!
Y fue pasando el año, y vino el fin, sombrío
El mes de Octubre tétrico, interminable y frío
Y no hay poder humano que me haga trabajar

Corral está furioso, y acaso es necesario
Matarse como un burro para poder pasar…
Encuentra en cada alumno un mozo perdulario
Y en esto miro al triste funesto corolario
Que en jerga de estudiantes se llama reventar

Nogueira esta rabioso; Miss Fay[2] está que brama,
Que a veces no gustarle cuando le dicen yes
Que los pronunciamientos la ponen en la cama…
Y agrega Mr. Bauza[3]  ardiendo en noble llama:
No hay uno, ni Tinoco que llegare a hablar inglés.

Comprendo que a estas horas diréis allá en la casa:
Ya pronto viene el niño, muy guapo y muy feliz…
Arréglenle su cuarto… ¡Cuidado quien se atrasa!
Y yo me digo a solas ¡No saben lo que pasa!
Ignoran que estoy bota y el mal es de raíz

A veces pienso en daros la eterna despedida
Fugarme de Jalapa, largarme al militar,
La vida del soldado es vida divertida,
Lucir el uniforme, y con la frente erguida
Subir, bajar y a todas constantes enamorar

¡Qué hermoso hubiere sido el caminar derecho,
Con sin igual empeño y ruda aplicación!
¡De sol a sol estarse pegado en el barbecho!
¡Qué grande la distancia que va del dicho al hecho!
¡Qué triste y vergonzoso el magno revolcón!

Figúrate que hermoso el viaje y la llegada…
La novia dichosísima, con rostro de clavel;
La música del pueblo sonora y acordada
La casa muy alegre fandango y tamalada
Y yo espoleando el flaco pacífico corcel

Bien sabe dios que ese era mi más hermoso sueño;
Mi dicha incomparable, tu gran satisfacción!
Pero salió borrego mi estudiantil empeño…
¡Por dios que no te enojes y que tu adusto ceño
Se torne en cariñosa y dulce compasión!

Prometo (¡te lo juro!) que voy a hacer la lucha
Y que el año próximo me portare mejor…
¡Papá, no me regañes y por favor escucha!:
Remíteme diez pesos que mi pobreza es mucha
Y que si no me ayudas me faltara valor.[4]

Sin duda, es un poema compuesto a partir de la taciturna desesperación que le abrumaba, pero que encausado en un remolino de pasiones de su alma le llevaron a buscar alivio en la mismísima lengua de amor filial a su padre, por el insoportable sentimiento de no acreditar las asignaturas y su falta de dinero.
De otros recuerdos que se resguardan en el Colegio, están los testimonios documentales, nóminas y registros de asistencia que como docente ejecuto y el libro de texto: Lecciones de Literatura[5] que dedicó el 8 de septiembre de 1904, bajo la consigna en el prólogo, de ser práctico, porque no se trataba dice: de hacer literatos, sino que los alumnos aprendieran a hablar y a escribir bien.
En su contenido de 237 páginas refiere obras de sus contemporáneos; Salvador Díaz Mirón, Joaquín Arcadio Pagaza, Josefa Murillo, José Joaquín Pesado, Enrique González Llorca y desde luego José López Portillo y Rojas a quien le unió una profunda amistad.
Como datos curiosos agrego tres: el día 13 de abril de 1904, de 07:00 a 07:45 am, le correspondió a nombre de este Colegio, montar guardia de honor ante el cadáver del Lic. Manuel R. Gutiérrez, (profesor que fue de Electricidad Industrial en el Colegio) expuesto en el salón de actos de la Escuela Normal Veracruzana.
El 25 de enero de 1905, por acuerdo del Gobernador del Estado, se enviaron al plantel 30 ejemplares de la obra de Literatura escrita por el señor Don Rafael Delgado, para proveer del texto a los alumnos del primer curso.
Para junio de 1905, el Gobernador de Chihuahua, Enrique Creel, convocó a estudiantes y profesores de las escuelas civiles del país, a través de la Junta Patriótica “BENITO JUÁREZ” a recabar fondos y mandar colocar en la antigua Villa de Paso del Norte hoy Cd Juárez un monumento para perpetuar la memoria del patricio. Para tan patriótico fin la comunidad de nuestro Colegio, organizo una velada en el teatro “Cauz” y se reunió un total $ 48.26, de los cuales 26 centavos se utilizaron para el giro y nuestro homenajeado aporto .50c, partiendo de la premisa que su sueldo quincenal era de $ 75.00 pesos.[6]
De sus diversas publicaciones poéticas en el “Boletín de la Sociedad Sánchez Oropeza”,[7] de Orizaba, se transcribe un párrafo de una composición leída por él en el Teatro “Llave” con motivo del quinto aniversario de la asociación celebrado el 15 de septiembre de 1885:

Esa juventud ardiente
A tu dicha consagrada
Te hará grande y respetada
De uno y otro continente
Y de levante a poniente
La fama, rasgando el viento
Dirá con heroico acento
Que repetirá la historia
Que eres patria de la gloria
Del trabajo y del talento.


Finalmente es oportuno recordar cómo se refería él mismo a sus  cuentos, obras poéticas y literarias:
            “Son hijos míos, hijos de mi corto entendimiento, y nacidos todos ellos en horas de amargura y días nublados, casi al mediar de mi vida, de esta pobre vida mía que no será muy larga, y en años en que sólo el cultivo del arte puede alejar de nosotros el recuerdo se seres amados, idos para siempre, y en que, dolorido el corazón, nos entregamos de grado a las añoranzas de la muerte” [8]
Sin duda, nuestro querido maestro Rafael Delgado, disfrutó de la existencia con placer y sentimiento, ahora nosotros nos deleitamos siguiendo sus pasos.




[1] Colección Pictórica del Colegio Preparatorio de Xalapa-Patrimonio Cultural de los Veracruzanos.

[2] Harriet C. Fay, docente de la asignatura de Inglés del CPX.
[3] Efrén Bauza, docente de la asignatura de Inglés del CPX.
[4] “Diurno” texto manuscrito tres hojas. Colección Particular MNyPR
[5] Lecciones de Literatura. Rafael Delgado. Jalapa, Enríquez. Imprenta del Gobierno del Estado. 1904. Colección Particular.
[6] Archivo Histórico Escolar. 1902- 04- 05. Colegio Preparatorio de Xalapa.
[7] Tomo I. Estado de Veracruz. Orizaba. Septiembre 15 de 1885. No 16, Págs 15-19. Colección Particular.
[8] Álbum Salón. Ilustración Mensual. Cía Editora Prensa Gráfica. México. Abril 1925. Colección Particular