Reorientar la cultura en Veracruz



Edgar Aguilar


Reorientar la cultura en Veracruz








N


os preguntamos qué va a hacer el gobierno estatal en materia de cultura. Nos lo preguntamos porque, aparte de haber llegado una nueva administración pública, Veracruz, lo sabemos, posee un amplio abanico de posibilidades y expresiones artísticas, y, afortunadamente para nosotros, es un estado que gozaba de relativa tranquilidad social, y que todos esperamos conservar.


Nos hacemos esta pregunta por los antecedentes y por los temerarios tiempos que corren. La cultura en nuestro estado, como en la mayor parte de México, ha sido un continente casi nulamente explorado y explotado ―en el mejor de los términos― por nuestras autoridades. Y porque, a través de ella, contribuimos a poner un freno a esta terrible violencia que nos aqueja actualmente como país.


¿Qué debe entonces hacer un instituto de cultura estatal? ¿Cumple una función específica en la sociedad, en este caso, en la sociedad veracruzana? Cumple, ahora más que nunca, sin duda, una función primordial. La cultura, entendida como el enramado donde se unen y conviven arte y educación, debe ser una suerte de escudo contra muchos de los males que nos afligen como individuos y sociedad.


Pero esto sólo sería consecuencia de un acertado y casi descomunal, por no decir titánico, impulso a la cultura. Un reflejo espiritual del hombre con el medio que le rodea. Un bastión en el cual apoyarse y en el cual regir nuestras conductas. Una manera distinta de ver el mundo, la vida, los hombres. Sin querer ser dogmático, la cultura abriría un espacio a la conciencia de que somos seres más o menos racionales y no bestias salvajes.


Las bellas artes harían, como lo han hecho, un gran bien a nuestro entorno. Un excepcional impulso a las artes formaría un pueblo rico espiritualmente. ¿Qué hará nuestro instituto de cultura al respecto? ¿Han pensado las autoridades en hacer de Veracruz un estado rico artísticamente? ¿Saben de la magnitud que tiene el arte para crear sociedades más civilizadas, tolerantes, inteligentes, críticas y, por qué no, generosas?


Aunque esto tal vez podría sonar como una falacia o contradicción, pues los gobiernos en general no desean pueblos cultos sino ignorantes, y porque la condición humana es de sumo compleja como para hacerla un poco más moldeable para bien, es indispensable, impostergable, irrenunciable, que estos mismos gobiernos reorienten su política en programas donde se desarrolle el aspecto creativo, cultural, artístico, de sus gobernados, si es que en verdad quieren un mejor estado, más libre y seguro, y una sociedad menos violenta y más humanizada.


La tarea es mayúscula y de primerísimo orden. La enajenación en que se encuentra el ciudadano actual es verdaderamente alarmante. La enajenación, inevitable, invariablemente, tiene un pie en la violencia, en las armas, en los códigos ramplones del más fuerte por el más fuerte y en sus drásticas consecuencias.


Por eso, es que nos preguntamos qué hará nuestro instituto veracruzano de cultura como representante de este gobierno en tan noble materia. Porque de un tiempo para acá no ha servido de gran cosa, aunque, estamos de acuerdo, esto se deba a un sinfín de razones. ¿Se nos ha hecho saber acaso a los veracruzanos cuál es la estrategia a seguir respecto al tema de la cultura y de las artes? ¿Cuáles son los procedimientos para reorientar el rumbo de la cultura? ¿Existen esas estrategias y procedimientos en el nuevo plan de gobierno?


Sería un tanto cansado enumerar la riqueza artística con que cuenta el estado. Hay de todo. Pero esa riqueza artística está encajonada, y es justamente allí donde nuestras autoridades culturales deben tomar cartas en el asunto. Deben abrir ese cofre oculto y repartir esa riqueza si no en toda, sí en la mayor parte de la población. Nuestro instituto de cultura debe brindar la posibilidad a los veracruzanos de toda índole de acceder a la cultura, al arte. Debe tomar realmente ese papel, o de lo contrario seguirá siendo lo que ha sido, un pobre y raquítico instituto de cultura, y no un instituto generador y proveedor de cultura, que es lo que requerimos ahora con tanta urgencia.


Sinceramente, no encuentro ningún beneficio en el otorgamiento de becas. Se beneficia a unos cuantos artistas, o que se pretenden artistas, cierto, pero esto es algo completamente intrascendente si se considera de manera global, como un todo. ¿Cuál es la correspondencia que hace el becario con la institución? Porque debe existir una correspondencia toda vez que recibe un pago del gobierno por su labor artística.


El becario es un niño (los hay jóvenes y dizque con trayectoria) mimado por el estado, que le brinda su escaso apoyo para que aquél no mueva ningún dedo en correspondencia por ese simbólico paguito. Escribirá un libro (que quizá nunca será publicado o conocido), o presentará una obra que nunca será escenificada, montada, escuchada, bailada o cantada, según sea el caso, y presenciada por el gran público. ¿Qué clase de instituto es este que no exige correspondencia por sus paguitos, y qué clase de artistas son estos que no corresponden al estado por los paguitos que reciben del estado a lo largo de todo un año?


Habría, entonces, que repensar también la cultura desde su aspecto administrativo, económico, en todos sus ámbitos: Becas ―o estímulos artísticos, como gustan llamarles¬―, personal, categorías artísticas, coordinadores, directores de espacios, espacios disponibles, carteleras, talleres y cursos, exposiciones, conciertos, muestras de cine y de teatro, publicación, presentación y distribución de libros, montajes de obras, formación y reanimación de grupos artísticos musicales, teatrales, dancísticos, etcétera, y su vínculo con la sociedad. Qué es lo que ésta realmente necesita para allegarse a la cultura y cuál es la forma más redituable para lograrlo.


¿Existe actualmente esta tarea? ¿Qué conglomerado de actividades culturales se nos está ofreciendo en el estado? Porque de aquí es donde habríamos de partir, de la oferta que debemos exigir y, asimismo, de la demanda cultural que podemos brindar los ciudadanos. ¿Contamos con información de primera mano referente a este tema?


Así entonces, se nos achica el corazón al comprobar que dicha tarea, que no pasa de un propósito sexenal apenas tocado, más bien manoseado, no existe, se le vea por donde se le vea. Y ya es tiempo, o mejor dicho, no hay mucho tiempo de sobra, para cumplir con esta obligación que es propia de un instituto de cultura estatal, o que se precia de serlo, al menos en el nombre.


¿No es este estado cuna y asidero de artistas, intelectuales y buenos maestros, algunos estupendos, en distintas ramas del arte? ¿No existe acaso un torbellino de poetas, artistas plásticos, músicos en ciernes, escritores, directores escénicos, fotógrafos, cineastas, bailarines y bailarinas, jóvenes dramaturgos; no hay acaso gestores culturales independientes, universitarios, grupos artísticos con probada experiencia y calidad, sin olvidar los promotores y conocedores de las distintas lenguas que se hablan en el estado, que bien podrían tomar las riendas de la actividad cultural y artística si se les apoyara sin ningún oscuro interés de por medio?


¿Hay una clasificación detallada y, por consiguiente, una valoración real de nuestra cultura? ¿Hay un registro profundo de nuestros nuevos y no tan nuevos escritores, músicos, pintores, fotógrafos, bailarines, cineastas, dramaturgos; de las casas de cultura; de las nuevas y no tan nuevas agrupaciones artísticas; de los centros de arte independiente, a lo largo y ancho de nuestro estado? ¿Existe la intención de elaborar esos registros para tener una idea, lo más heterogénea y cercana posible, de lo que contamos en materia de arte y cultura?


Pero no se trata de una simple estadística. De clasificar grupos y ponerles una etiqueta para luego envasarlos y guardarlos. Hay, por naturaleza o necesidad, que integrar toda esta actividad cultural al bien social, que es el bien común. Publicar libros de lo mejor y más representativo de nuestro estado, en todas las disciplinas artísticas, como forma de memoria y también como medio para llegar a más gente.


De la misma manera, hacer que nuestros artistas se integren de un modo más directo, personal o colectivo, con la gente, a través de visitas a escuelas, plazas públicas, centros comerciales, espacios culturales y no propiamente culturales (aunque todo recinto público o privado puede ser en sí mismo un espacio cultural y artístico), callejones y rincones del estado, a la par de montar exposiciones, obras teatrales, presentaciones, coreografías, en esos mismos espacios… En fin, salir y tomar las calles y espacios públicos. Apropiarnos de lo que es nuestro.


Responderse qué somos cultural o artísticamente como estado no se reduce a decir que somos fandango, voladores de Papantla, Agustín Lara, o la Orquesta Sinfónica de Xalapa. No, no, de ninguna manera, eso es una identidad mediocre y mediatizada en absoluto. Es un reduccionismo extremo que nos conduce, precisamente, a un vacío de identidad, pero sobre todo, a un vacío intelectual y espiritual que nos daña como espectadores del mundo, aunque pertenezcamos a una región en particular.


Quizá por ello es que nos preguntemos insistentemente qué se propone este nuevo gobierno en materia de cultura. Si ve la cultura como un medio, como un fin, o de plano como ninguna cosa, para crear una sociedad más firme, más fuerte, y menos desigual e insegura. Nuestro instituto de cultura tiene una enorme responsabilidad con sus ciudadanos. Los ciudadanos tenemos una enorme responsabilidad con la cultura, acercándonos y colaborando con ella. Los artistas, por su parte, tienen una enorme responsabilidad sobre todo consigo mismos, creando buen arte desde sus respectivas trincheras, que es lo mejor que saben hacer y es su mayor contribución a la sociedad. &


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