Roberto Williams García*

Xalapa
en el espejo de su escudo


 



Jalapa recibe mayoría de edad cuando se le declara villa en 1791, año en que Carlos IV, por su real voluntad, quiere que el referido pueblo sea llamado Villa de Xalapa y como tal se le respete. La categoría de villa le permite privilegios, como el de jurar el ascenso de un rey y el nombrar un ayuntamiento que la gobierne. Además recibe como joya el escudo de armas que bien compendia la botánica intrínseca del pueblo. En la orla del escudo, en fondo de oro, destacan seis letras, nombre del sitio, intercaladas entre seis tubérculos enunciativos de la purga llamada raíz de Jalapa, que tuvo renombre en la farmacopea internacional. Como parangón cabe mencionar que aquí , alrededor de 1890, a fines del siglo XIX, empezó el envasado de un chile regional que tuvo mucha aceptación por su sabrosura. El chile jalapeño se expandió en todo el territorio sur de Estados Unidos, donde los productos alimenticios con leve sabor picante ostentan etiquetas que dicen jalapa flavor.
El reconocimiento de Jalapa como villa en 1791 provino de tardadas diligencias de sus vecinos, que ya desde 1774 habitaban un pueblo próspero surgido del privilegiado comercio mantenido durante más de cincuenta años, contados a partir de 1720 hasta 1776, último año en que Cádiz envió la flota que descargaba en el puerto de Veracruz, de donde la remesa continuaba a Jalapa. Un grabado del señalado año muestra la parroquia de San José, luego otra erecta en la plaza mayor, hoy plaza Lerdo. A un lado del convento de San Francisco se sitúa la iglesia de Santiago y al fondo de la plaza mayor la plaza y casa del Rey, espacio que quedó reducido a plazuela del Carbón, ahora invadida por el llamado “ambulantaje”. También se marcan las garitas de Veracruz y de México, los lejanos molinos en el rumbo de San Bruno y al sur se lee Verros, Ciénega cercana a una alameda y una laguna que bien pudiera identificarse con el actual parque María Enriqueta. Una fuente de agua dulce desciende por lo que más tarde sería la avenida Clavijero.

Para recordar que el poblado elevado a villa había sido teatro de comercio y ferias de flotas, la parte superior del escudo ostenta el capacete y el caduceo de Mercurio. Les acompaña la cornucopia de Amaltea, alusión a la abundancia de vergeles y flores de la nueva villa, donde se habían construido grandiosas mansiones, como el edificio de dos pisos situado en el inicio de la calle Insurgentes, o la casona que se halla, calle de por medio, como sede del Centro Recreativo, la cual fue posada francesa pintada por Rugendas en 1830. En la cuesta de Alfaro permanece a salvo hermosa casona. Hacia 1839, la marquesa Calderón de la Barca escribe que la ciudad “tiene algunas casas amplias y excelentes”. En esos días de esplendor comercial del pueblo el boato lo constituía el derrame de flores. La marquesa las contempla por doquier como si se vertiese sobre ella la cornucopia representada en el escudo de armas de la villa.
Antes de ese período extraordinario de comercio la villa ya tenía prosapia. El poblado se  situaba en la ruta de los Virreyes. Esas autoridades desembarcaban en el puerto de Veracruz, y cabalgaban por la costa hasta la Antigua, de donde ascendían hasta llegar al  descanso en Jalapa, para de ahí  proseguir al lugar donde los aztecas descubrieron el águila, parada sobre un nopal, devorando a la serpiente. El paso por Jalapa lo inauguró Hernán Cortés el 19 de agosto de 1519 en ruta a la conquista de la capital tenochca.
La vida cotidiana de la villa transcurre apacible como su clima. La intervención de Diego Leño resulta tibia en los prolegómenos de la Independencia. El nombre de Jalapa no está asociado a ninguna gran batalla. Los jalapeños son reservados, cautelosos, conservadores. Sin embargo, hay sobrada dignidad cuando la invasión norteamericana de 1847. Diversos viajeros contribuyen con sus testimonios. El diplomático      inglés    Ward,    dentro    de   sus
observaciones sobre la vida política del nuevo país, anotadas en su libro México en 1827 exaltó en Jalapa: “Esta en el centro mismo de uno de los más magníficos escenarios montañosos de que se pueda ufanar el mundo”, elogio que comprobó el pintor alemán Rugendas, enamorado del paisaje mexicano, quien captó la imponente presencia del Cofre de Perote visto desde la prominencia en que se asienta la parroquia de San José. También pintó el elevado convento de San Francisco. Y entro en la Posada francesa para registrar su impresión de una tarde voluptuosa. Eso fue en 1830, y en 1839, cuando se reanudaban las relaciones entre España y México, la esposa del ministro plenipotenciario se embelesaba en las flores pero por encima de ellas, con el paisaje, “… por todos lados se contempla uno de los panoramas montañosos más esplendidos del  mundo”. Utilizó la tonante voz mundo, al igual que Ward, y además señalo que por todas partes. Antes, en 1803, Humboldt había contemplado una panorámica circular, trepado en la torre del convento de San Francisco. Con el tiempo el paisaje a la redonda fue mermando, reduciéndole su condición de atalaya al parque Juárez, construido sobre las ruinas del convento. En 1555 los franciscanos lo habían inaugurado en una elevación dominante. La belleza era indiscutible, pues en 1841 el estadounidense Mayer sintió que el mismo efecto causaban  Nápoles y Jalapa. El parque Juárez construido en 1886 se convirtió en belvedere.
La devoción por la montaña se manifiesta en el escudo de armas. En medio del cuartel principal se alza un racimo de cinco cerros, llamado, en idioma mexicano, Macuiltépetl, emblema de la villa, “a cuyo pie se halla Xalapa” Tal parece que los vecinos promotores del escudo de armas intuyeron que en la ladera oriental se originó la villa, cuando menos un milenio antes de la era cristiana. En el antiguo asentamiento se construyó una pirámide  cerca de una caverna de rituales que hoy han denominado Cueva de la Orquídea, nombre sugestivo que evoca la denominación de Ciudad de las flores.
En el escudo de armas al Macuiltépetl,  lo timbra un hermoso lucero  del cual se especifica “astro que hace a aquel pueblo, o influye un temperamento benigno, apacible y templado”. De manera que el planeta Venus es causa del clima que goza la ciudad. Y Venus viene a ser también una expresión del paisaje jalapeño, pues en ciertas noches derrocha brillantez, que aunada a la blancura de los jazmines y de la luna, han inspirado la canción heráldica de esta ciudad. Es entonces cuando podemos afirmar que hoy 18 de diciembre, aniversario número doscientos diez, del otorgamiento del escudo concedido a Jalapa y del reconocimiento de su categoría política de villa, que el escudo es un documento que transparenta la historia y la belleza de la ciudad, y podemos afirmar también que el temperamento apacible ha dado frutos en las artes. Si bien la ciudad no es famosa por batallas, si lo es por haber sido cuna  del movimiento estridentista o sede del Festival Internacional Pablo Casals; y también por su posesión de bienes culturales  como la magnífica Orquesta Sinfónica de Xalapa, la más antigua del país; el Museo de Antropología, que a la par del Nacional, son dos instituciones iluminantes; su estadio, inaugurado en 1925, que sobresale por su construcción en una formación natural, con vista a la bella ciudad, sin olvidar que en Jalapa se estableció en 1843 un colegio de segunda enseñanza con carácter nacional: el conocido Colegio Preparatorio; la Escuela Normal, fundada en 1886, que fue cuna de la primera reforma educativa nacional. Característica de la ciudad son sus múltiples centros educativos. Y para el cuidado del entorno aquí se estableció un Instituto de Ecología de orden nacional. En resumen, aquella villa reconocida como tal en 1791, llegó a la categoría de ciudad en 1830 y continúa en una ruta de creación nimbada por la excelencia del paisaje, del clima alabado en su escudo y por la inteligencia de quienes la habitan.& 


* Barra de Tampico, 30 de marzo de 1925-Xalapa, Ver., 25 de junio 2008.


Comentarios

Entradas populares de este blog

La autonomía cultural

REVISTA 102

No.20 ESCRITORES DEL PUERTO DE VERACRUZ