Gabriela Hernández


 Aproximación a

 Mario Heredia



 Si la memoria existiera fuera de la carne no sería memoria porque no sabría de qué se acuerda y así  cuando  Carlota dejó de ser, la mitad  de la memoria dejó de ser y si yo dejara de ser todo el recuerdo dejaría de ser. Sí, pensó. Entre la pena y la nada elijo la pena.
                                                    W. Faulkner


Me acerco a la obra de Mario Heredia y pienso en la afirmación de  Kundera: “Todos los novelistas escriben, probablemente, una especie de tema (la primera novela) con variaciones”, a propósito de la levedad, característica que está presente en muchos de los libros del autor checo. Debe existir una excepción a tal afirmación, pero mientras la encuentro, releo las novelas y cuentos de Mario y sé que encajan perfectamente en ella.
   “No se puede vivir sin regresar” le dice el Contra a Picado en Memoria de mis huesos, no se puede escribir sin recordar, porque como bien apunta Mauricio Molina: “La palabra es la memoria del vacío, así como la pintura, memoria de la oscuridad y la música, memoria del silencio”. Los recuerdos son la materia prima de la obra de Mario, con ellos se llenan roperos, paredes, manteles, desiertos; los recuerdos, huesos propios y de los demás, tangibles, verdadera experiencia física, que no puede separarse de la carne porque si no simplemente deja de ser. Los recuerdos son vida que escapa de las manos, que duele cada vez que es escrita: “el dolor no se piensa, (dice Flavio, protagonista de Estas celdas que soy) quizá se recuerda”. Una perversa fascinación lleva a los personajes de Mario Heredia a los terrenos de la memoria, a ellos no les importa volver a experimentar el miedo, se vuelven fetichistas del recuerdo, el objeto venerado  puede ser  una fotografía o la pluma de un animal como en los cuentos de Un bosque muerto: “a los muertos no se les puede borrar tan fácilmente de nuestra vida; no solo son memoria son tantas cosas.” dice el narrador del primer relato. De manera semejante experimenta Arthur, El éxtasis violeta de Arthur Cravan, su transformación. La inmersión le suministra recuerdos, “el olvido y la paz después de agonizar en la pequeña muerte”, “la sombra pugilista” se manifiesta de diversas maneras: en la violencia del morado, en el ring flotante, en el jab disfrazado de caricia, pero también en la vehemencia de los recuerdos, de los colores de esos recuerdos: el gris tormenta, el rojo de una camisa, los pechos glaucos, el azul de los ojos, del océano, del lienzo. Los recuerdos se transforman: ahora son instante. La nostalgia se vuelve un demonio irresistible, se le conjura a pesar del terror, a pesar de que después de ese conjuro solo quede un “bosque fallecido”. ¿Por qué? porque trae la salvación, la recuperación, aunque sea tarde, de la verdad. La gran protagonista de La otra cara del tiempo es esta foto, y en ella, de la misma forma que en la tacita de té de Proust caben “la casa gris, la plaza, las calles, el pueblo entero desde la hora matinal hasta la vespertina, sus buenas gentes y sus viviendas chiquitas”, es decir, el pasado y su infinita nostalgia.
   Es por esta razón que los escenarios de estas novelas y cuentos son trágicos: un desierto, una cárcel, un mar como cárcel, o una habitación “parca, vacía” como donde está el obispo que recibe la noticia de la muerte de Sor Juana, en el cuento Preludio de un funeral. No pueden no ser trágicos porque el dolor es doblemente dolor cuando se le trae de vuelta, cuando se le invoca; y aun así, Flavio, Jesús, el obispo o Carlos, Silvestre, optan por la memoria, aunque ello signifique una tarea tan difícil como arrancarla de las paredes de una cárcel o desenterrarla de arenas calientes, no importa vale la pena porque es lo único que los puede salvar, es lo único que salva al escritor que reconstruye la vida de Caravaggio en esa biblioteca que se asemeja más a una cárcel, en el cuento En una playa de Messina.
   La memoria es vida que se creía perdida, tiempo recobrado. Por eso cuando se  le recupera toma la forma de “olas que llegan a la playa”, de “tesoros oxidados” de “libélulas tornasoladas” o simplemente de un fémur, “el fémur de un hijo”. La búsqueda de la memoria en las novelas y cuentos de Mario Heredia es un proceso lacerante, se da de manera violenta, llega cuando el carcelero propina los golpes, cuando las manos se embarran de podredumbre, cuando la puerta de la celda se abre y entra la luz apuñalando la tiniebla, encegueciendo al preso. 
   Italo Calvino en Seis propuestas para el próximo milenio, traza las líneas generales de lo que debe tener la literatura del futuro: levedad, velocidad, multiplicidad, exactitud, visibilidad. Me detendré en esta última. Para Calvino, la capacidad para construir imágenes es una de las cualidades centrales del acto literario, porque hay en ellas un poder de seducción, de encantamiento central para el acto de lectura. Y me detengo en esta característica justamente porque es la que permea estas novelas y cuentos. En ellos dos planos conviven espontáneamente el plano de lo alegórico y el plano de lo real. Tomemos como ejemplo en primer lugar uno de los cuentos: Un desierto naranja. En él, dos personajes instalados en una habitación sostienen un diálogo intrascendente. De pronto un cable oscuro atravesado  en una pared los lleva a un escenario de película, la estación del tren, el tufo de los negros, el calor del Serengueti, un cazador inglés, una tienda de campaña y luego un león, la ficción surgida de la pared supera la realidad, se la devora. En otro de los cuentos Violoncello, una orquesta ejecuta la cuarta sinfonía de Mahler, Lulú, la protagonista y uno de sus miembros, ve salir de su instrumento, primero una araña, luego una hilera, luego un río de bichos. El poder de evocación de la música de Mahler que “siempre había salvado a la violencellista de la soledad, de la gordura, de la pobreza”, ahora la lleva a otro plano: el de la alucinación. Nuevamente la ficción supera la realidad.
   En Memoria de mis huesos, la primera novela de Mario, Jesús el protagonista se encuentra en un desierto, entre montañas de osarios humanos. En ese rompecabezas caótico, Jesús busca los huesos de los suyos, reconstruye sus vidas al mismo tiempo que la propia mientras espera que manadas de elefantes escarben la tierra, la remuevan para poder enterrar en ella los huesos de sus muertos. El plano de lo real cuenta la historia de el Contra, un hombre “casado con la mar” que vuelve cada seis meses a Orizaba a ver a su familia. Un plano intermedio entre estos dos, nos lleva  a casa de Isaura, que espera a que su marido, El Contra, vuelva. Mientras eso sucede, Isaura borda un mantel, lo llena de flores, de elefantes, de recuerdos, y ella ni cuenta se da de que sus hijos crecen, hacen sus vidas, se mueren, el tiempo se detiene en ese mantel, para ella la vida está allí, la memoria de los suyos, Isaura borda sus vidas, igual que Jesús las busca en los osarios del desierto. La imagen del desierto se transforma a lo largo de la novela en un oasis de recuerdos, una memoria colectiva, universal que Jesús busca y revive para salvarse, para trascender. Es el plano de la alegoría el que conduce al lector a una reflexión más profunda sobre la tesis de la novela: no se puede vivir sin regresar.
 En Estas celdas que soy, Flavio, el protagonista se encuentra en una prisión. Allí recuerda su vida en Córdoba, y al igual que Dios multiplica los panes,  Flavio extrae vidas de esas paredes inhóspitas, (y de nuevo la imagen de la pared como hoja en blanco), las inventa y luego las vive, “hay que inventar para seguir vivo” dice Flavio, alter ego del escritor. Y luego confunde las vidas inventadas con la suya como también lo hace el personaje que es biógrafo de c en el cuento En una playa de Messina. En esa cárcel, Flavio se aferra a sus recuerdos y a sus creaciones, a sus personajes que le traen luz.  También en esta novela el recurso de la alegoría conduce al lector a la reflexión central: la de que el hombre lleva una cárcel en sí mismo, pero lleva también la liberación: su memoria, sus recuerdos.   “La fantasía es un lugar en el que llueve”, constata Calvino. ¿De dónde llueven las imágenes en la fantasía de Mario Heredia, me pregunto yo? De la pintura, de la música, de la vida, de la memoria. La propia y la de otros, me llama la atención el parentesco de las imágenes que pueblan esta ficción: un desierto, una prisión, una habitación despojada, el cuarto de un hospital, y el colmo de los colmos: la cama de una mujer, todos lugares vacíos, absurdos.  Debemos tener fe en las historias que cuentan estas imágenes, o será al revés: en las imágenes que revelan estas historias. No importa, lo que importa es el recurso al servicio de una idea: sin memoria no hay vida, no hay literatura, en el caso de las novelas. En el de los cuentos, el poder de la imagen es lo que suscita en el lector la idea de que la  ficción se come a la realidad; cito a Calvino nuevamente: “La escritura será lo que guíe el relato en la dirección en la cual la expresión verbal fluya más felizmente, y la imaginación visual no tiene más remedio que seguirla”
    La otra cara del tiempo tiene otra llave: William Faulkner. Christmas es hijo de su Christmas. Aunque el Christmas de nuestra novela se revela como buen hijo, por cierto, contra ese nombre y no entiende su porqué, si el otro era negro, asesino y con un destino trágico; finalmente resulta ser un digno hijo, pues, el Christmas de Faulkner tampoco sabe nada de su padre, su parentesco con este Christmas es en línea directa y es la orfandad de ese padre desconocido, es también la certeza de la soledad en la calle, el camino blanco al que se enfrenta nuestro Christmas en sus ataques de epilepsia, la certeza de su  destino. El otro personaje, el escritor sin nombre, tiene siempre a su lado la novela Desciende Moisés. La tan mentada foto de Eustaquio está resguardada entre sus páginas, ya que le sirve como separador. Desciende Moisés es su propio libro de la sabiduría en el que encuentra las respuestas esenciales para su existencia. El escritor debe conservar la inocencia ante el ritual de la escritura, al igual que el viejo Ike, con tantos años encima, la conservaba como cuando mató al primer venado.    El    escritor   acecha    la   imagen   de Eustaquio como un cazador, sigue “su olor, su silueta, como Ike al oso.” A Eustaquio y a Ike los une la inocencia, pero uno no es el otro. Eustaquio es el ideal, el mito que permanece siempre joven. Más que una influencia de La otra cara del tiempo, William Faulkner se convierte en un entrañable compañero de viaje con el que se dialoga, al que se le piden prestados sus utensilios, y sobre todo con el que se comparte el placer de la travesía.
    He leído buena parte de su obra: compleja en el manejo del tiempo, cargada de imágenes poderosas, sonidos y voces polifónicas, de un humor que duele, de un dolor que esculpe personajes que no se olvidan aunque pasen los años. Las machincuepas de Silvestre y su pierna biónica promete desde el título, ser una especie nueva dentro de la obra de Mario. Después de leerlo y reírme, de seguir los giros en la vida de Silvestre, haciendo las pausas necesarias para asimilar el vacío (explícito y entre líneas) con el que Mario ha tejido esta historia, he llegado a la conclusión de que si esta novela fuera un animal, sería precisamente un camaleón. Parece, a primera vista, un animal hecho para la venganza, pero poco a poco cambia sus colores y revela algo más. Lo mismo sucede con La Santa imagen de Lucía Méndez, última novela que ha publicado Mario Heredia, donde va a revelarnos las mismas obsesiones ahora con un sentido del humor que sorprende. No darle demasiada importancia a la vida. Un cambio interesante en su narrativa que no por eso deja de tener esa profundidad, ese doloroso camino en que transitan sus personajes y que desde su primera novela nos ha conmovido. Sin perder su estilo, Mario Heredia pone a jugar ahora a sus personajes con gran desparpajo y sin miedo a lo que el lector pueda pensar. Una cierta ironía, quizá una falta de vergüenza que debemos agradecerle. No sé qué vendrá después, pero sé que seguiré sorprendiéndome.
   No cabe duda, la visibilidad imprime a las novelas y cuentos de Mario Heredia el sello de literatura futura, o en palabras de Calvino que ya resuenan extrañas en nuestro siglo XXI “del próximo milenio”.&


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